Apareció ella de la nada sin previo aviso, sin misericordia ni condescendencia; su existencia levantó una poderosa amenaza para los impenetrables muros del castillo de mi interior. Salía de una circunstancia y no quería involucrarme en otra, razón por la que levanté esta fortaleza, pero su luz fue infiltrándose de a pocos al núcleo del fuerte hasta derribar por completo las murallas como si fueran pergaminos antiguos. Totalmente desarmado, uno a veces se pregunta: “¿por qué no?” y decide, finalmente, entrar al ruedo.
Creo que nací con el don de poder ver lo que hay detrás de los ojos, lo que uno conserva en el alma y en el corazón. Sin embargo, su misterio me absorbía; pese a poder haber visto una hermosa luz a través de sus ojos, esa luz acarreaba consigo solidez. Una mirada un tanto pícara. La dicotomía entre fuerza y fragilidad me estaba volviendo loco, débil…, vulnerable. Tenía que conocerla. Tenía que.
De pocas palabras ella, de pocas palabras yo, establecer un enlace tardó. En lo poco que podía rescatar, podía percibir cierta empatía e interés “especial” de su parte; aunque, confieso, hasta el día de hoy me cuestiono si esa percepción fue una correcta descodificación de sus gestos o si fue una mala interpretación producto de mi mera imaginación. Sea cual fuere, gradualmente la amistad se iba formando y la llama en mi interior, contra mi voluntad inicial, iba brillando cada vez más; el contacto se volvió mucho más frecuente, y el tiempo y el espacio que ocupaba en mi mente era cada vez mayor. Todo era bello, todo era bonito. Ella era bella, ella era bonita. Es bella, es bonita. Es hemosa. Todo era hermoso.
Hasta que llegó una mala noticia…una noticia de más de 6'000 millas de distancia. Para mí fue una noticia mala en ese momento y, ¿para qué mentir?, hasta ahora lo es. Ella tenía que marcharse y parecía no existir posibilidad de que se quede. El golpe dolió, el mundo se volvió gris y la luz se distanció, el cielo se opacó. Me frustré.
Parecía el fin de todo, del tiempo y del universo, pero…¿hasta qué punto iba yo a permitir que realmente lo fuera? Uno es dueño de su propio destino, dicen por ahí. Quiero ver qué tan cierto es. Lo intentaré.
She had the eyes of one who can withstand it all.
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